Noticias

  • Novedades sobre la industria y nuestros proyectos.

Los interrogantes de la eficiencia energética

La industria pierde anualmente 7280 GWh por un valor superior a U$S 200.000.000 en energía aprovechable y desperdiciada…



Analizando las pérdidas globales de energía, nadie puede discutir la necesidad de buscar con ahínco la eficiencia como proyecto de toda empresa y de la sociedad en su conjunto. Siempre la energía desperdiciada es más costosa que la consumida efectivamente porque, más tarde e inevitablemente, habrá que invertir mucho más para recuperar esas pérdidas. O, de otro modo sufragar los mayores costos que implica lograr que otros inviertan. El derroche, siempre sale caro.

Los factores que impulsan las políticas de eficiencia energética son; la seguridad del suministro de la energía (la falta de potencia), la optimización de las economías (la mejora de los costos), y se le suma ahora las crecientes normativas ambientales – incluyendo las relativas al calentamiento global – y; en los países en desarrollo, las limitaciones financieras para invertir en ampliaciones de la oferta energética y en las redes de transporte de energía.

La ineficiencia suele pasar como un “consumo fantasma” no mensurado. Sin embargo, sólo en los hogares, se estima que representa hasta el 11% del gasto energético de una familia. El volumen facturado a los clientes residenciales anualmente en Argentina son 55.500 GWh, por lo tanto esta ineficiencia alcanzaría los 6105 GWh en energía desperdiciada. Es decir, se pierde casi todo el aporte anual de una represa tan relevante como Salto Grande que tiene una potencia de 1890 MW instalados.

En cuanto al segmento industrial, se estima que la ineficiencia sistémica es del orden, en promedio, del 20% del consumo total que, medidos en la misma forma que con los usuarios residenciales, demanda anualmente 36.400 GWh, desaprovechando por ende, 7280 GWh, es decir, casi toda la producción anual de las Centrales Nucleares Atucha I y II. En adición hay consumos más ineficientes que los del promedio industrial mencionado, éstos llegan a pérdidas de hasta 40% en las empresas que utilizan una elevada cantidad de motores.

En el sector comercial se calcula un desperdicio energético de un 15% sobre un consumo de 37.027 GWh con una pérdida de 5554 GWh anuales, equivalente a la producción del Ciclo Combinado II de Central Costanera con 1172 MW de potencia instalada.

Es decir, que la ineficiencia nos cuesta en estos momentos, y así en todos los años, el trabajo de una central de Salto Grande, dos centrales nucleares y el principal ciclo combinado del país. En suma 4242 MW de capacidad instalada completamente derrochados, los que al final se reflejan en las facturas que pagan todos los usuarios.

Esto también ocurre en países que se esforzaron más que nosotros para optimizar su sistema, como los que integran la Unión Europea. Sin embargo, las pérdidas apenas han disminuido desde el 29,1% en 1990, a poco menos de 28% del total de energía consumida en la actualidad.

Como se aprecia en estas cifras, paradójicamente, después de 25 años de intensas campañas para mejorar la eficiencia el derroche y las pérdidas de energía siguen siendo muy elevados y, en general, el consumo en lugar de disminuir, aumentó. A la hora de afrontar esta necesidad, sigue habiendo un problema tecnológico sin resolver y una controversia de fuertes implicancias económicas, entre la idea de “conservar” la energía o hacer a los procesos más eficientes para aprovecharla mejor.

Por ejemplo, cada fábrica individualmente puede disminuir su consumo de energía por unidad de producción con tecnologías comunes de mayor aprovechamiento energético, pero esto puede no ser visible en la totalidad del sector industrial, debido a un aumento en la producción o a una mayor participación en la producción de industrias con alta demanda de energía. También el costo de reconversión a partir de decisiones estratégicas cuestionables y/o la selección de equipamiento incorrecto, puede ser de muy difícil recuperación y demandar tiempos poco razonables para su rehabilitación.

Alcanzar lo segundo, es decir, hacer los procesos más eficientes es el gran desafío en que todos nos veremos forzosamente involucrados. Con el enfoque correcto, la eficiencia energética puede llegar a considerarse la fuente de energía de menor impacto ambiental, la más accesible y de mayor competitividad económica que está a nuestro alcance. La realidad lleva a que los análisis de eficiencia energética ocupen un lugar más relevante en entre todos los factores que alimentan el desarrollo estratégico de cualquier emprendimiento.

Para lograr este objetivo es necesario recurrir a la participación de empresas altamente especializadas, que cuenten con experiencia para diagnosticar correctamente e instrumentar los cambios más rentables y beneficiosos; ya que para alcanzar y sobre todo mantener un nivel aceptable de eficiencia, no existe un modelo único, sino la adaptación de gran cantidad de tecnologías, dentro de un diseño exclusivo de prácticas para cada tipo de proceso, este es un caso típico donde el “expertise in house” no suele ser suficiente.

La digitalización y las nuevas corrientes de automación son la llave para mejorar sensiblemente la eficiencia energética y aumentar su contribución a la mejora global de la eficiencia productiva, cifras del 10 % de reducción del consumo energético son objetivos absolutamente posibles y lo más probable es que se pueda superar esa cifra. Al multiplicar las interconexiones entre edificios, equipos y sistemas de transporte, la digitalización proporciona ganancias de eficiencia energética que van más allá de lo alcanzado hasta ahora.

No recurrir a estas soluciones especialmente diseñadas, como un “traje a medida” para cada proyecto, ha sido el motivo de los escasos resultados que se han señalado al comienzo. Si bien la problemática es de larga data, el manejo de tecnologías RI 4.0, no lo es.

Cuanto más demoremos en implementar proyectos inteligentes, peor será nuestro desempeño y más acotada la posibilidad de crecimiento y desarrollo. Esto es particularmente válido en un contexto como el argentino, donde se prevén saltos en los precios de la energía y cierto grado de desabastecimiento energético, como ya lo han reconocido las autoridades del sector.